Homenaje a una maestra

 

17--iStock-153483083Desde muy pequeña observaba y vigilaba todos tus pasos. Temía que alguien llamase tu atención más que yo.

Los ratos de juego eran el alivio de mis compañeros. Mientras todos corrían al recreo, yo me apresuraba a ese lugar tan tuyo en donde siempre hubo y habrá una parte de ti: tu aula.

Siempre deseaba verte, me encantaba escucharte y dirigir mis ojos hacia ti con una mirada ingenua, como si realmente te entendiese. Las horas más largas eran aquellas en las que tú no estabas. Recuerdo cómo en ocasiones las lágrimas me resbalaban, las clases se me hacían interminables, no por lo que en ellas se impartía, sino por el hecho de robarme un rato de calor sobre tu radiador o sostener entre mis manos tus típicas, pero a la vez diferentes tizas de colores que me acercaban tanto a ti por mi derecho exclusivo a utilizarlas, me permitían captar tu atención y, a su vez, me otorgaban el poder de dejar constancia de mi presencia allí, una vez finalizados los ratos que me permitían acurrucarme junto a ti. Entonces llegaban ellos, mis rivales, no tan solo tus alumnos, sino como tú siempre les llamabas cariñosamente “tus niños”, y yo ya dejaba de ser exclusiva dueña de tu atención para tener que compartirla con aquellos pequeños seres que no paraban de gritar: “Mira, profe, lo que he encontrado en el patio”, “Profe, Víctor se ha peleado hoy”, o la habitual niña tímida y cabizbaja que se acercaba a ti con paso firme, para ofrecerte una de esas flores sin nombre que había cogido en el rincón más insospechado. Entonces iluminabas tu rostro con una sonrisa y le hacías una pequeña caricia en el rostro mientras decías “¡Qué bonita es!” y la colocabas sobre tu mesa, lo que hacía sentir a esa pequeña inundada de satisfacción.

Sólo ahora, con el tiempo, tras vocacionalmente haber estudiado Magisterio y ser maestra, me doy cuenta de lo que siempre me enseñaste, no con palabras sino con hechos. Eran tus niños porque siempre quisiste que lo fueran, no fuiste sólo maestra, sino amiga y, en ocasiones, hasta madre. Sólo así puedo comprender el verte al acabar la jornada lectiva, sentada en tu sillón con aspecto preocupado, buscando la forma de que aquel niño/a con alguna dificultad llegara a adquirir esos conocimientos que con el tiempo te agradecería con un pequeño recuerdo hacia su “señorita Ana”.

Para ti nunca adquiría sentido la palabra “imposible” y eso es lo que más admiro de ti: siempre creíste en “tus niños/as”, como personas capaces de aprender. Para ti nunca existieron los “casos perdidos”, sino que los definías como niños/as con características diferentes y por ello necesitaban más ayuda, “ningún niño/a es igual a otro y cada uno, a su manera, tiene necesidades diferentes”.

Gracias madre, maestra, amiga, por permitirme observarte cuando la emoción inundaba tus ojos por tener que ver cómo, año tras año, tenían que despedirse de ti, por tener en algunas ocasiones, tan sólo por trámites burocráticos, que abandonar a algunos de esos niños/as antes de lo que tú hubieses deseado. Quizá por todo eso hoy puedo decir que cuanto soy y mi amor a esta profesión tan infravalorada socialmente, pero a su vez tan satisfactoria interiormente por todo el amor que desprenden “los pequeños”, te lo debo a ti, pues lo que no puedo olvidar es que tuve una gran maestra.

María Gema López Rubio

Pedagoga terapeuta