Originalidad, honestidad intelectual y felicidad

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Rosalía Aller Maisonnave
Secretaria de Comunicación

 

Una vez más, una “no noticia” está de actualidad: hay quienes se apropian de lo que otros han pensado creado o escrito antes. Nihil novum sub sole.atenea-diosa

Si el conocimiento es una compleja trama que se va tejiendo día a día con esfuerzo, curiosidad, inteligencia, a partir de materiales diversos y, en gran medida, ajenos, resulta inevitable en todo aprendizaje la incorporación constante, casi inadvertida, de tesoros intelectuales procedentes de un patrimonio humano común, creciente de generación en generación. Visto así el proceso, su resultado no es más que un continuo enriquecimiento.

Para alcanzar un pensamiento genial, para descubrir, inventar, crear, hay que ascender por la empinada escalera del
aprendizaje

La originalidad es extremadamente difícil y no siempre necesaria, pues para alcanzar un pensamiento genial, para descubrir, inventar, crear, hay que ascender por la empinada escalera del aprendizaje, árido unas veces, placentero otras. De ahí la imposibilidad de llegar –vía inducción y en una sola vida– a la altura de los arquitectos faraónicos, el pensamiento heleno, la imaginación anticipatoria de Da Vinci, la genialidad paradigmática de Galileo, Newton o Einstein, la maestría de Garry Kasparov o las aportaciones contemporáneas de Stephen Hawking. Los pragmáticos romanos se rindieron a la superioridad de los vencidos griegos en ciertos aspectos y absorbieron cuanto pudieron de su gran espíritu. Llamando a Hera, Juno, y a Palas Atenea, Minerva, fueron incorporando a su imaginario aquel riquísimo panteón, con su alta estética y sus bajas pasiones, como parte de un proceso de asimilación cultural mucho más amplio.

Pero el “fenómeno” –por llamarlo de algún modo– que difunden algunos medios en estos días nada tiene que ver con el afán de aprender de los más sabios, la curiosidad intelectual o una imaginación permeable e integradora. Se trata de algo mucho más zafio y vergonzante, que consiste simplemente en un calco perfecto o casi, en obra propia, de párrafos enteros de otro u otros autores cuyos nombres se obvian, sin el mínimo decoro que implicaría convertir el nuevo texto en una paráfrasis del “recortado”. “¿Para qué tanto esfuerzo innecesario?”–pensarán.

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A modo de digresión, recordamos la anécdota que alguien relató en una tertulia literaria, años ha. Un novel escritor, ansioso por conocer la opinión de un prestigioso crítico sobre su primera narración, se la hizo llegar. A vuelta de correo, recibió esta valoración: “Su novela me ha parecido buena y original, pero lo bueno no es original y lo original no es bueno”. Una situación penosamente actual.

Resulta interesante, siempre, consultar el Diccionario de la lengua española de la RAE, y mucho en este caso, pues así define “plagio”, concepto al que nos estamos refiriendo:

plagio

Del lat. tardío plagium ‘acción de robar esclavos’, ‘acción de comprar o vender como esclavos a personas libres’, y este del gr.πλάγιος plágios 'oblicuo', 'trapacero, engañoso'.

1. m. Acción y efecto de plagiar (copiar obras ajenas).

Si alguna duda teníamos al respecto, la Real Academia nos aclara que el término –y por ende, la práctica que designa– son seculares. “Trapaceros” ha habido siempre, pero la facilidad de acceso a la cultura, en general, por diversas vías –incluidas las digitales–, unida a la celeridad con que se puede escribir gracias a la informática, han contribuido al incremento exponencial de la peste copiante, que se manifiesta ya desde edades tempranas. 

“Cortapega” es un término que aún no registra el DLE, pero todo se andará, dada su omnipresencia en los ámbitos escolar y universitario, alimentada por el generoso
Dr. Google, que tanto sabe. (A decir verdad, recurrimos a él continuamente, pues su utilidad es impresionante, aunque complementaria de otras formas de adquisición de saberes, y sus contenidos han de ser abordados con ojo avizor y espíritu crítico). Gracias a esta prodigiosa técnica, un alumno se ventila un trabajo individual o colectivo en un pispás, sin pasar por el “molesto” proceso de investigación, razonamiento, comprensión, resumen e incluso cierta incorporación de los conceptos manejados. Y esto sin mencionar la denostada memoria. “¿Para qué, si está en Google?”. Por tanto, resulta al menos dudoso el conocimiento que los alumnos puedan adquirir realizando este tipo de tareas, si luego no se contrasta, mediante alguna forma de evaluación, que efectivamente se han enterado del asunto tratado.

Pero si quienes llevan a cabo estos “engaños” por vía “oblicua” (nos atenemos al DLE) han dejado de ser estudiantes hace décadas y ocupan altas dignidades, estamos ante algo bastante más grave, pues la carcoma está ya en quienes son referencias intelectuales y éticas para millones de ciudadanos; es decir, en los cimientos de la sociedad. Si a esto añadimos que, al parecer, muchos encajan el plagio compulsivo con extrema tolerancia e incluso cierta complacencia, sin censura alguna, casi como si fuera una gracieta, y que incluso personas relevantes callan y otorgan, la educación de las actuales generaciones y las siguientes está en serios aprietos.

Al parecer, muchos encajan el plagio compulsivo con extrema tolerancia e incluso cierta complacencia, casi como si 
fuera una gracieta

Una sociedad que no rechaza la ancha autopista de la mentira como el camino más rápido para el ascenso socioeconómico, para el reconocimiento, la fama y el poder, debería reflexionar seriamente sobre sus perspectivas y evolución. En semejante contexto, difícil tarea es, para los docentes, transmitir al alumnado valores como la honestidad intelectual, la verdad, el esfuerzo, y poner ante sus ojos el placer del conocimiento adquirido mediante el estudio, el análisis personal, la comparación clarificadora, la reflexión.

“Nadie aprende por cabeza ajena”, solía decirse. Quizás la obsolescencia de esta afirmación proceda del menosprecio de algunos por el aprendizaje como un proceso positivo y placentero, protagonizado por el discente. Quizás estemos olvidando que saber más, que maravillarse continuamente ante nuevas ideas, descubrimientos, técnicas, avances inimaginables, también es una forma de felicidad.