Editorial

Inicio de un curso difícil e incierto


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Después de pasarnos todo el verano hablando del inicio del curso escolar, de escuchar hasta la saciedad a políticos, periodistas y tertulianos lo peligrosa y caótica que podría ser la apertura de los centros educativos para alumnos, profesores y, en general, para toda la sociedad, por la propagación incontrolada del virus, el curso ha empezado y nada de lo augurado ha sucedido. 

Arrancaba, hace prácticamente un mes, el curso más difícil e incierto de la historia. Un curso complejo, con muchos cambios y totalmente condicionado por la pandemia del coronavirus. Un curso cuya preparación ha puesto a prueba a los equipos directivos y docentes, que han sabido adaptarse y solventar las no pocas complicaciones que se han ido encontrando en el camino hasta lograr una vuelta a las aulas segura, con relativa normalidad y sin problemas serios. Al menos hasta el momento.

Es cierto que, debido a la tardía reacción de la Admi­nis­tración educativa ante un escenario cambiante, la precipitación ha marcado la vuelta a los colegios e institutos, pero ni mucho menos se ha producido el caos que algunos querían hacer ver.

Nadie estaba preparado para una situación como la que estamos viviendo, pero gracias a los profesionales de la educación –profesorado y equipos directivos– que trabajan de manera incansable para ofrecer las mejores condiciones posibles de seguridad a toda la comunidad educativa, especialmente al alumnado, y que día a día demuestran su vocación y preparación, en cualquier circunstancia, para asegurar la actividad lectiva con las mayores garantías, los centros madrileños están funcionando de manera controlada y segura.

La figura del profesor 
es insustituible

También es de justicia reconocer el esfuerzo organizativo y económico realizado por el Gobierno regional para paliar los efectos de la pandemia. Se destinaron 370 millones de euros para, entre otras medidas, reducir las ratios, incrementar las plantillas en un 15 %, contratar enfermeras escolares, realizar pruebas serológicas masivas o llevar a cabo obras de adaptación en los centros.

No obstante, quedan muchas cosas por hacer. Muchos centros han empezado el curso con las plantillas incompletas. No solo faltan los cupos adicionales asignados por la COVID, sino también los correspondientes a sustituciones, bajas, embarazos, jubilaciones, etc. Otros han tenido que redistribuir los grupos de forma provisional hasta que reciban las aulas prefabricadas que necesitan y que, previsiblemente, no llegarán hasta finales de noviembre. Faltan enfermeras escolares; hay serios problemas de comunicación entre los coordinadores COVID y los centros de salud de referencia; la configuración de grupos mixtos, con alumnos de diferentes cursos, está generando gran polémica y se ha convertido en una de las principales quejas por parte de los padres.

Si bien ANPE-Madrid siempre ha apostado por la educación presencial en todos los niveles, la Consejería de Educación optó finalmente por la presencialidad hasta 2º ESO y semipresencialidad a partir de 3º ESO. Tratar de mantener controlado el coronavirus en los centros educativos es una tarea compleja. Sin embargo, retomar la actividad educativa presencial era una prioridad irrenunciable, máxime teniendo en cuenta que el último trimestre del curso pasado el confinamiento solo permitió la enseñanza telemática.

Debemos, entre todos, tratar
de minimizar los efectos de la
pandemia en el entorno escolar

La figura del profesor es insustituible. Los niños y adolescentes necesitan ir a los centros, ver a sus profesores, socializar y compartir con sus compañeros cada mañana, aunque no se puedan tocar, tengan que estar alejados unos de otros o no puedan intercambiar material.

Afrontamos un curso difícil e incierto. Debemos, entre todos, tratar de minimizar los efectos de la pandemia en el entorno escolar y normalizar en la medida de lo posible la vida en los centros. El papel de los docentes en esta tarea es fundamental, como lo es el de las familias. Aún queda mucho curso por delante y no debemos bajar la guardia, para asegurar que la actividad docente no se interrumpa. La educación y la formación de nuestros alumnos merecen, sin duda, el esfuerzo.